...::: Gran Hotel Concordia :::...
 

 

1er. PREMIO

EL GRAN HOTEL CONCORDIA DE SALTO

 

Estaban tan entusiasmados todos, con los preparativos del próximo viaje, que los más jóvenes como nosotros, despertaron nuestra curiosidad, desde muchos meses atrás y por ello preguntamos:

-¿Dónde queda Uruguay? ¿Cómo es? ¿Queda lejos? Nos contestaron que la distancia era grande, pero que valía la pena. En los últimos días de aquel verano emprendimos la aventura. Llegamos aquí en primavera: ¡llegamos a Salto! Nos recibieron los aromas de azahares, jazmines, glicinas… Cientos de coloridos pájaros con sus gorjeos. En río, artista incansable nos regaló acuarelas. Un solitario velero nos escribió en el cielo con su tiza triangular, una bienvenida. Blancas garzas fueron pañuelos al viento saludándonos.

Cada uno de nosotros buscó un lugar para descansar. Dos compañeras y yo, las más jóvenes y por ende más audaces, elegimos un edificio hermoso, en pleno centro. Su patio con frondosos árboles nos impactó. Era como un oasis de paz en el bullicio de la joven ciudad.

Aunque aquél estaba iluminado, nos acurrucamos en un rinconcito en penumbras y … el sueño nos venció. Ya entrada la mañana nos despertaron muchas voces, con la insistente solicitud:

-¡Que cante! ¡Que cante! – Asustadas, inmóviles, observamos. Por la escalera de mármol descendía un señor morocho, con una sonrisa inigualable. Al llegar al patio saludó agradeció y comenzó a cantar:

-“Acaricia mi sueño el suave murmullo”… Se produjo un silencio. Hasta las aves acallaron sus gorjeos para escuchar la melodiosa voz oriental. ¡Qué emoción sentimos!

Venir de un país lejano y tener el privilegio de ver y oír tan de cerca al inolvidable Carlitos.

Desde ese día y cada vez que viajamos nos hospedamos aquí, en el acogedor Hotel Concordia. Cada visita nos deparaba una nueva sorpresa. Cierta tardecita oímos conversaciones y risas. Eran varios jóvenes alegres, cantando, riendo, sin duda festejaban un evento. Cenaron y siguieron disfrutando largas horas de felicidad entre el verdor de los árboles que les brindan su frescura y el perfume de las multicolores flores del jardín. Con las primeras luces del alba, dieron por finalizada la reunión y regresaban a sus habitaciones.

Nuevamente la escalera de mármol formó parte de otro acontecimiento. Desde ella una de las muchachas en un gesto espontáneo, levanto los brazos y exclamó: ¡VIVA LA VIDA!.

Todas vivaron y aplaudieron. Alguien corroboró: ¡Viva Libertad Lamarque!...

¡Cuántas historias, como estas guardarás, querido hotel!

Ahora que ya tengo mis años, dificulto poder regresar la próxima primavera. Si lo harán mis descendientes, pues ellos nacieron aquí y nosotros volvemos siempre al lugar de origen. Por eso, tal vez, hoy, me aleje y no regrese; pero ten seguro que tu recuerdo y nuestras anécdotas serán mi compañía.

Gracias, muchas gracias por los emocionantes momentos que hemos compartido, querido Gran Hotel Concordia de Salto, te dejo mi último adiós, tu amiga.

 

La Golondrina

 


 

2do. PREMIO

MAGNOLIA ENCANTADA

 

Es una mañana de tibio sol otoñal. Salgo a caminar sin saber a donde ir. En la mitad del camino, me propongo visitar a “El Gran Hotel Concordia”. Y dirijo mis pasos hacia él.

Bajo mis pies crujen las hojas de los árboles, que a cada paso van cayendo. Ellas tiñen de colores las calles y veredas. El amarillo, el marrón y el rojizo las transforman, las vuelven irreales, hermosas, hasta que un viento o una brisa las lleve hacia otro lugar. El canto húmedo de los gorriones me acompaña. Bajan algunos a buscar su alimento en las veredas.

Después de poco andar llego al hotel. Al entrar me recibe la sonrisa de Carlos Gardel.

Todo es paz y tranquilidad. Siento en mi alma un dulzor de miel. En las rejas de un patio se cuelga un jazmin, y ríen los malvones en su rojo carmesí. El sol con su luz de oro, se empieza a descolgar por las blancas paredes, despacito … sin apuros.

Un suave frescor cual su fuese un hada, pone en mi boca historias lejanas, que son dulces recuerdos para el hotel de antaño.

Me cuenta que la noche del 14 de julio de1903, dieron un gran banquete, y don Saturnino Ribes, llamado “el señor de los ríos”, se propuso hacer de las suyas, como un buen francés.

Así pues, mandó muy temprano a cincuenta operarios, quienes dieron en un momento luz eléctrica al local. A la noche lució soberbio, espléndido, maravillando a toda la ciudad. No contento con esto, tendió un hilo desde su casa al hotel, e hizo oír las notas vibrantes de la Marsellesa, tocadas con su violín.

-¡Oh! ¡Que tiempos! – recuerda. Muchos viajeros y artistas famosos lo visitaron. ¡Cuántos romances guardarás! ¡Cuántos amoríos! Pero tú, como un cómplice fiel, sé que no me los vas a contar.

En el viejo patio central, siento como se extiende el mundo de Marosa. Para ella, él era una continuación de sus chacras, de sus granjas, pero menos salvaje. En su jardín deambulaba la maga, la única, creando quizás historias de alhelíes, violetas, magnolias y ratones confitados. Ella decía que una parte de su persona era ser jardinera. Y lo fue.

Construyó con poesía hermoso jardines por doquier.

Estar aquí, me transporta a los patios de mi infancia, a aquellos patios alrededor de los cuales se desarrolló mi vida. Laberintos, pasillos de piedra losa que me llevaron a descubrir nuevos mundos, y me regalaron aires de soledad. Un día el sol de la mañana, otro día el atardecer. Pasaban las estaciones. El sol iluminaba, calentaba. Otro día la lluvia. Parecía que con la lluvia todo permanecía estático. Una gran nostalgia me invade.

Subo las escaleras, y me dirijo hacia la habitación donde el 23 de octubre de 1933, se alojó Carlos Gardel. Me dijeron que todo está igual como en aquel entonces. Y es verdad, todo lo evoca y lo trae al presente. Hay una melancolía que parece impregnarse en cada cosa, en el alma misma de la persona que se encuentra allí. Parece que una melodía arrabalera, un poco triste quizás, se deja sentir. Llega hasta mí para luego perderse en el aire diáfano, lleno de colores dorados, tenues y sutiles.

Bajo las escaleras. El mago, el zorzal criollo sigue allí, y seguirá siempre entre nosotros con su amplia sonrisa.

Este viejo hotel ya es patrimonio de todos. Es parte de Salto, de la ciudad antigua y presente.

Sigo unos pasos, sin antes darme una vuelta sobre ellos, para mirar y decirle un “chau amigo”, un “gracias, por haberme transportado hacia aquel ayer lleno de encanto”,

Me voy con la satisfacción, de haber conocido una parte de la historia de este viejo hotel, nacido allá por el año 1860.

La calle me absorbe con su ruido ensordecedor. Y ya soy una más, entre la gente que va y viene.

 

Magnolia Encantada

 


 

MENCIÓN ESPECIAL

GRACIAS POR EL NOMBRE

 

Como siempre, dejó una generosa propina. Se iba con pena de la ciudad pues en su breve estadía había descubierto cosas que jamás hubiera imaginado. El propio hotel, por ejemplo, en cuyo patio los árboles crecían y eran refugio de los zorzales. También fue grata sorpresa el teatro, a dos cuadras de allí; lo había visto durante la tarde y la acústica perfecta le asombró. El cuidador comentó que lo había construido un italiano con los planos de un ingeniero inglés. Pero por sobre todo le había gustado el río; con más tiempo hubiera hecho un poco de remo o sencillamente se hubiera sentado a tomar unos mates a la hora de la puesta de sol.

Salió al patio. El frío de la madrugada le hizo doler la pierna izquierda. Siempre le pasaba lo mismo cuando la temperatura bajaba. No tenía dudas de que era por la bala, la maldita bala. La bala del maldito viejo. Veinticinco años después el dolor permanecía.

Mejor no recordar a los muertos y sus miserias. Miró hacia el cielo; las estrellas brillaba entre las hojas de los árboles. Le pareció estar en aquel lugar que cada tanto aparecía en sus sueños, la estancia por la que corría siendo gauchito. Volvió a sentir el olor a tierra y hasta escuchó el ladrido de los perros y una voz de mujer llamándolo.

En uno de sus recurrentes sueños él se alejaba de la casona por un camino bordeado de cina-cinas; la última imagen era la de un cachorrito solitario, en el portón.

Prendió uno de los toscanos que tanto le gustaban y se sentó en uno de los bancos.

Estaba un poco cansado y no era para menos. La visita a la casa de las chicas había sido a las doce y partida de tute a la una y media. Había vuelto a las tres, con un poco de vergüenza de que lo estuvieran esperando hasta esa hora. Qué gente buena. Una de las chicas, muy joven, era una de las mujeres más hermosas que había visto en su vida, parecía actriz de cine. Se tocó el labio inferior donde tenía la marca de sus dientes blanquísimos. Si me llevas con vos te amaré por siempre. Reíte si querés, pero yo te quiero. Te quiero desde hace mucho tiempo.

Caminó un rato por la galería del hotel. El techo de bovedillas de ladrillo era igual al de las casas de Montevideo y Buenos Aires donde había vivido. ¿Vivido o sobrevivido? El puerto y los studs, diarios y fósforos, los robos de fruta en el mercado, la cama, la imprenta, la cartonería, el conventillo, la escuela, el teatro y la ropa para lavar.

Miró el reloj: casi las cinco. En un par de horas ya sería de día y aún tenía que terminar la valija. Subió a la habitación y en poco rato quedó profundamente dormido.

No vengo a pedirle plata. Yo quiero que me confirme que usted es mi padre. Y que ella fue mi madre. Señalo una de las tres fotos que estaba detrás del escritorio. ¡Pero quién crees que sos! ¡Atrevido, respeta el apellido y el de mi familia! El rostro del militar se enrojeció mientras se levantaba del sillón. Tiene razón, su apellido y su familia. Aunque es lo único que me dio, gracias por el nombre. El hombre abrió un cajón del escritorio y el disparo fue el último saludo para el hijo despreciado.

Alguien golpeo discretamente la puerta de la habitación. Señor, lo espera abajo, en un coche. Se afeito rápidamente y terminó de arreglar el equipaje. Cuando la mucama volvió notó que se sonrojaba. ¿Puedo pedirle algo, señor? Cómo no, m'hija, ¿qué precisas? Le mostró el recorte de una revista. ¿No me firmaría esta foto? Mientras escribía pregunto: ¿No tenes novio? Sos una piba muy linda. No señor, no tengo. Le entregó el retrato sepia y la beso tiernamente en la mejilla: Para el ángel del hotel.

En la calle Uruguay algunos curiosos esperaban su salida. Se detuvo en el zaguán de baldosas blancas y negras: desde el umbral, un morenito de diez años, con los diarios bajo el brazo, lo miraba y señalaba la foto sonriente de la primera página. Se acercó a él.

Soy el canillita del Hotel Concordia. Lo vi en el Cine Ariel, entré gratis cuando usted hizo abrir las puertas. Fue la noche más feliz de mi vida. La voz prodigiosa tembló levemente. Yo fui un purrete como vos, ¿Cómo te llamas?. Los ojos del pequeño estaban húmedos. Me llamo Carlos, por usted. Lleve el diario de regalo, por favor. No pudo hablar. Se ajusto el gacho gris y subió al auto. ¡Señor!... Gracias por el nombre.

POPECA

 


 

MENCIÓN ESPECIAL

EXTRAÑOS EN LA NOCHE

 

Era esa hora que según creencias, aparecen espíritus. Las ánimas de los que se resisten a morir. Cuando en el campo se ven los fuegos fatuos y las aves nocturnas aún están al acecho.

En esa hora, pasada la medianoche, un ánima que volaba, se posó en la cornisa del Hotel Concordia.

Al reconocer el lugar, bajó lentamente con vuelo de mariposa. Era, quien fue en vida, María Rosa Di Giorgio.

En el desolado pasillo de entrada se quitó los zapatos de tacón como si fuera a ser oida. Pasó por la recepción que estaba muda de silencio. Miró hacia el fondo del patio donde está la habitación que ocupaba cuando venía a Salto, pero se encaminó curiosa hacia la izquierda, al portón que lleva a la escalera hacia la planta alta.

Comenzó a subir lentamente, mientras que, como jugando, deslizaba un zapato por el pasamanos. Pasó el primer descanso y continuó.

•  Habitación treinta y dos, pensó.

No terminaba de subir cuando distingue como solo otra ánima; la figura de un hombre de traje y de gacho gris, que le dejaba ver solo su amplia e inconfundible sonrisa.

Marosa – ¡Mago!, ¿es usted? (dijo sorprendida).

Gardel – Asi me llamaban, pero vos podes llamarme Carlos. ¿Nos conocíamos de antes?.

Marosa – No. Cuando usted tuvo el accidente, yo era muy chica. En mi casa siempre lo escuchábamos por la radio. ¿Cómo es que está aquí?.

Gardel – Mi Buenos Aires querido está cada vez más ruidosa y complicada, me resulta insoportable. Y seguido recorro lugares que en vida conocí, como aquí que es más tranquilo, o voy a Tacuarembó.

Marosa - ¡Cuéntame cómo es eso! Entonces, ¿no nació en Toulouse como dicen?.

Gardel – Es una historia larga, pero … ¿por qué no bajamos al patio y conversamos allá?.

Marosa – Si, mejor. A mi me gusta la pérgola del fondo y allí me cuenta todo.

Atravesaron los vidrios de una ventana y descendieron al patio. Este estaba en penumbras por los frondosos bananeros, helechos y araucaría, todo en completo silencio.

Gardel – “El músculo duerme, la ambición descanza” – dijo sonriendo.

Llegaron a la baranda del otro corredor donde trepan las buganvillas.

Marosa corta un ramillete color naranja y se lo pone detrás de la oreja.

Marosa - ¿Recuerda siempre las letras de sus canciones?.

Gardel – Y no las puedo olvidar, yo vivi para cantar. Si no hubiera sido por el accidente, quien sabe si no hubiera muerto de viejo y olvidado. Pero no me has dicho quién sos, cómo te llamaban.

Marosa – Con su voz, no creo que lo hubieran olvidado. En cuanto a mí, me llamaban Marosa, nombre inventado y en vida fui poetiza, dicen que escribí prosa poética, pero yo escribía como me venían las palabras. Pero, bajemos. Saltan hacia el patio de abajo y se dirigen a los bancos bajo la pérgola.

Gardel – Cuéntame más. Lo mío es muy conocido.

Marosa - ¡Pero no diría que su origen no está rodeado de misterio! ¿Después me lo cuanto?.

Gardel – Después, pero ahora quiero saber más de ti.

Marosa – Yo nací en las chacras y sobre ese ambiente fui siempre de lo que escribí. Me inspiraban los huertos, los animales del monte, el jardín de mi madre y hasta los dulces de la abuela.

Gardel - ¡Que interesante!, me gustaría haberlo leído.

Marosa – Mi madre quería que mi hermana y yo fuéramos artistas. Nos presentamos en los concursos de belleza y de carnaval. Mi hermana, una vez premiada por el mejor disfraz.

Gardel sonríe, se saca el sombrero y lo pone sobre la mesa. Marosa coloca allí sus zapatos.

Marosa – Durante muchos años, también hicimos teatro, dirigidas por una actriz argentina que se llamó Nidia Arenas. ¿Cómo llegó aquí, volando por sus propios medios o en avión?.

Gardel - Volar me cansa, siempre fui gordito y de aviones, ni me hable, no me haga recordar. Viajo en los ómnibus o en el auto de algún turista, total, no me ven.

Marosa – Yo vuelo desde que dije que volvería convertida en mariposa. Pero pronto va a amanecer. ¿Por qué no me canta una canción de despedida?

Gardel - ¿A esta hora? ¿Cuál preferiría?

Marosa – Cualquiera, todas me gustan.

Tomándola de las manos y mirándola a los ojos como en el cine, con su espléndida sonrisa, comenzó a cantar “El día que me quieras”.

Al rato, oyen que alguien chista y dice: - ¡Apaguen esa radio!

Gardel - ¿No será pos mí?

Marosa - ¡Mago! ¡Hasta muerto se oye su voz!

Sigue cantando, porque cree que se refieren a él.

Enseguida otra voz: -¡Están locos, dejen dormir!

Marosa – (riendo) Mejor nos vamos o nos van a descubrir.

Gardel – Sí, yo me voy a la treinta y dos.

Marosa – Yo volaré a las chacras antes que salga el sol. ¿Volveremos a vernos?

Gardel – Así espero. (Le besa una mano). ¡Chau Rosita!

Marosa se eleva en el aire y se detiene para que de su espalda salgan dos enormes alas de colores y volando, desaparece detrás de los techos.

Techa Maglio, dueña del hotel, se levantó temprano, llevada por un interés que no sabía explicar. Llega hasta la baranda, mira hacia la pérgola y sobre la mesa, ve un sombrero de hombre y unos zapatos de mujer.

Sorprendida, baja y al acercarse a la mesa un haz de sol que salía, le borra los objetos. Desconcertada, se restrega los ojos, pero sólo ve la mesa vacía.

Caminó hacia la escalera y mientras subía, tarareaba “El día que me quieras”.

En el patio de entrada, al encontrarse con Janet, su secretaría le cometa:

Techa – soñe toda la noche que Marosa y Gardel conversaban en el hotel. Y me pareció tan real, que tuve que ir hasta el fondo, porque creí que los iba a encontrar.

 

UBAJAY

 

 

 

 

 

 

 

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